La vida está conformada de situaciones y ocurrencias inesperadas que no siempre estamos preparados para afrontar; sin embargo, solo uno mismo puede decidir de qué forma es afectado, qué valores pueden ser rescatados y cómo conllevar el cambio.
Llegué a esa conclusión ya que, un día de abril de este año, luego de haber llegado del viaje que realicé a Los Ángeles, se me dio la noticia de que mi madre no se encontraba bien de salud; por ello, sería internada en una clínica para realizarle exámenes que pudiesen diagnosticar lo que le sucedía. Los resultados afirmaron que ella padecía de un avanzado cáncer.
En el momento en que se anunció esto, afloraron, en mi mente y la de mi familia, sentimientos de preocupación, tristeza e incertidumbre, lo cual era de esperarse con una noticia de esta índole; por otro lado, mi madre no parecía preocupada; sino, valiente, fuerte y decidida a vencer el reto que le había impuesto la vida. Esto me hizo comprender que, no importa qué tan complicado sea el problema, siempre hay que esforzarse y luchar por la solución; es decir, no darse por vencido; por este motivo, dejé mis penas y preocupaciones de lado para apoyarla de la mejor manera posible.

Desde el inicio de este suceso, mi vida cambió por completo, ya que me vi forzada a tomar responsabilidades, además de las que ya realizaba normalmente, que uno no espera acarrear hasta ser un adulto, puesto que mi madre ya no se encontraba en condiciones de cumplirlas por sí misma. Lo que fue sumamente difícil; por eso, esto me ayudó a madurar y a valorar el trabajo que ella había hecho por mí.
Luego, a pesar de los numerosos tratamientos a los que se había sometido, el cáncer siguió avanzando; por eso, después de una fuerte recaída que ella había tenido, mis hermanos mayores decidieron conversar conmigo; entonces, me dijeron que no iba a tener a mi madre para siempre y que debía empezar a proyectar lo que deseaba realizar con mi vida en un futuro no muy lejano, ya que lo que venía no sería fácil. Esto creó un inmenso miedo en mí de perder a la persona que más quería y de enfrentarme, si ese fuese el caso, sola a la vida. Todo esto, ya que no me había dado cuenta la gravedad de lo que realmente sucedía.
Desde ese punto, empecé a planear mi futuro sin dejar de lado el presente y todo lo que este me demandaba, con la idea más serena de que es así el proceso de la vida. Por otro lado, mi madre empezó a llevar un tratamiento, no para combatir la enfermedad; sino para controlar los inmensos dolores que le producía, el cual sigue llevando y que confío en que ayude a mantenerla más tiempo conmigo.
Como consecuencia de esta experiencia, no solo he aprendido a apreciar cada segundo de la vida; sino, también a lidiar con la presión de la pena de ver sufrir al ser más querido y, por supuesto, a valerme por mí misma. Por otro lado, puedo rescatar que esto ha ayudado a mantener a mi familia más unida que nunca; además, me ha convertido en una persona más fuerte y con ganas de ayudar.
En conclusión, puedo aseverar que, todo suceso de la vida, por más complicado y penoso que parezca; siempre trae buenas enseñazas y valores qué rescatar; por ello, al verse sumido en situaciones como esta, el primer paso, es reconocer todo aspecto positivo que ello pueda conceder para no perder las ganas de seguir luchando por salir adelante.
No hay comentarios:
Publicar un comentario