Los faroles
Él caminaba despacio debajo de los árboles; decidió sentarse en una banca; miró el reloj, eran casi las nueve y al ver que las calles se hacían solitarias, se encaminó hacia algún lugar. Ella iba rápido, más rápido; cruzó hasta la otra acera y dobló a la derecha; un parque. Él se alejaba de los árboles, contaba los faroles opacados por la espesa noche. Ella sintió pasos, que como tambores resonantes, se volvían más cercanos, más cercanos. Él miraba a lo lejos una sombra, sombra de mujer. Ella volteó el rostro; se miraron por unos infinitos segundos y poco a poco fueron acercando sus cuerpos.
Él caminaba despacio debajo de los árboles; decidió sentarse en una banca; miró el reloj, eran casi las nueve y al ver que las calles se hacían solitarias, se encaminó hacia algún lugar. Ella iba rápido, más rápido; cruzó hasta la otra acera y dobló a la derecha; un parque. Él se alejaba de los árboles, contaba los faroles opacados por la espesa noche. Ella sintió pasos, que como tambores resonantes, se volvían más cercanos, más cercanos. Él miraba a lo lejos una sombra, sombra de mujer. Ella volteó el rostro; se miraron por unos infinitos segundos y poco a poco fueron acercando sus cuerpos.
Parecía que sus ojos se hablaban; se tomaron de las manos y sin decirse una sola palabra caminaron devuelta al parque por el que ambos habían cursado; tomaron asiento en una banca. Ella parecía nerviosa, pero a la vez avergonzada y él sonreía con dulzura.
Él atinó en soltar las primeras palabras y le dijo: No sé qué sucedió hace un momento, solo pensé en tomar tu mano, discúlpame, si fui imprudente. Permaneció callada, hasta que llevó sus labios a los de él y se besaron. Los faroles, inexplicablemente, se apagaron; al encenderse nuevamente, ella ya no estaba.
A la misma hora del día siguiente, él tomó el saco, un paraguas, un buen libro y salió por el mismo camino; un parque y los faroles, estos que ayer habían nublado su vista y dejaron que ella escapase. Se sentó bajo el mismo árbol, en la misma banca; abrió su libro pero el intento de leerlo se vio frustrado por los vacilantes faroles, que lo dejaron completamente a oscuras. Dentro de esa lobreguez, sitió que alguien acariciaba su mano y en ese mismo instante, los faroles iluminaron nuevamente y ella estaba ahí, sentada junto a él. Se besaron mutuamente los rostros; ella ya no se sonrojaba y él simplemente sonreía. Después de unos minutos los faroles dejaron de funcionar, el viento dejó de soplar y al encenderse nuevamente, ellos ya no estaban.
En la tarde del día siguiente, las personas del parque empezaba a retirarse a sus casas, ya que la noche estaba cada vez más próxima; los faroles no encendían aun; hasta que no hubo nadie, solo estaban los árboles y las bancas, nadie más estaba allí. Fue entonces que estos se encendieron y junto con ellos, aparecieron ella y él, sentados en la misma banca, bajo el mismo árbol, pero con una eterna mirada paralizada que los unía, ella con una expresión risueña y él con una inexpresiva sonrisa. Se habían vuelto estatuas, rígidas, quietas, sin respiración.
Una vez más, los faroles vacilaron dejándolos a ellos sumidos en la eterna oscuridad.