La rabieta de la niña que aparece cuando la luz está apagada



domingo, 22 de agosto de 2010

La tragona

Durante mi niñez recibí una gran cantidad de insultos o adjetivos, jugarretas y molestas bromas un tanto degradantes relacionados a mi peso, mi nariz, mi frente, etc. Todos aquellos aspectos de mi anatomía que resaltaban como un tanto diferentes o de un tamaño fuera de lo que es "común" o lo que se ve "bonito" para un niño o niña de entre 6 y 12 años. Lo que ocasionó un obstáculo a mi autoestima para que se desarrollara con normalidad; además del ya nombrado "trauma" de haber sido abandonada por mi padre, fue esto lo que ahora me causa más de un problema de falta de afecto hacia mí misma; es decir, inseguridad.

Aunque esto no sea una gran obra literaria, ni una narración excelentísima, contaré resumidamente mi historia, ya que dudo que haya un número excesivo de lectores que pueda dar crítica mayor a algo tan delicado como esto: Mi sobre peso durante la infancia.

Este problema inició, curiosamente, desde la barriga de mi madre. No sé con certeza qué tan verídico sea, pero oí de voces de algún médico hace algunos años que si la madre fuma mientras que está gestando, el niño puede tener desordenes en su metabolismo, colesterol, y otros aspectos de la salud que ya no recuerdo. Y sí,la mía lo hacía cuando yo estaba ahí dentro; luego, una vez nacida, no se manifestó ningún problema de ese tipo, además del asma que me viene persiguiendo desde entonces, pero luego, pasado el tiempo; cuando estaba cursando mis primeros años en la educación PRE-escolar, más conocida como nido, me empezaron a dar para tomar esta nueva bebida Ginger-Ale a diario; lo que, según mi madre, me hizo subir considerablemente de peso. Mi etapa escolar, fue realmente deprimente, ya que los niños, a esa edad son realmente crueles, desconocen la cordura y la pertinencia, además son increíblemente honestos, hasta el punto extremo de exagerar en modo de mofas, palabras hirientes y malos tratos a los que yo me vi expuesta durante ese tiempo. Solían decirme que, porque era muy “gorda”, si corría muy rápido podría tropezar y rodar como una bola, o que era una tragona seguramente, y por eso era tan grande. Así mismo, en los deportes, era la última en ser elegía en momento de formar equipos; era de esperarse. Por otro lado, no faltaba el irónico apodo, nariz de tucán o nariz de bruja, frente de aeropuerto, entre otros que ya ni me acuerdo. Pero lo más molesto he hiriente no venía departe de los niños de mi clase, sino de mi propia casa, en donde mi madre me perseguía cada vez que iba a la cocina y me decía que estaba “gordita”, o cuando mi hermano mayor preparaba sándwiches y me daba uno diciendo, “esto es para la chancha”; así pasaron unos cuantos años en los que me escondieron las galletas y pude reafirmarme lo que siempre había estado sospechando: era fea.

Para una niña, sentir que es fea y que todo el mundo lo confirma es realmente triste; además, qué otra cosa podía afirmar ese sentimiento que el nunca haberse sentido querida por su padre. Así fue que mi madre, al ver todo esto decidió llevarme al doctor, quien al ver mis análisis, diagnosticó que tenía el colesterol alto y un desorden en el metabolismo que convertía todo lo que consumía en azúcar; por ello, fui sometida a una dieta estricta e innumerables pinchazos.

Así puedo decir que, pasados tres meses, mi peso era normal; además de mi colesterol y esa descompensación en mi sistema ya no estaba. A pesar de todo esto, seguía siendo constantemente fastidiada, lo que hizo que realmente me creyera lo que me decían y que por una depresión inconciente empezara a comer de más.

Ya en los inicios de mi pubertad, empecé a tomar conciencia de esto; por ello, me sometía a diferentes dietas que no me daban mayor resultado. Hasta que, entre momentos de depresión y otras cosas, apareció un pariente el cual pudo, de cierto modo, llamar mi atención, ya que en ese entonces era la única persona que aun que sea cibernéticamente, me la daba. Por esa necesidad de comprensión y afecto, me vi en la obsesión de comunicarme con él todas las noches, lo que por la diferencia de horario me hizo tener muchas noches de desvelo y así, por el consumo extra de energía empecé a bajar drásticamente de peso. A pesar de que suene poco saludable esta actividad, complementó y oriento mi interior de forma increíble y ayudó a ser quien soy ahora.

Finalmente, años después me inicié en el deporte del surf, que me ayudó a mantener saludablemente lo que había conseguido. Sin embargo, puedo confesar que últimamente, por diferentes motivos emocionales y problemas de la vida cotidiana, además de los comienzo de una depresión de la que estoy pronta de salir, he vuelto a subir de peso; nunca excesivamente, pero por mis vivencias, el temor de regresar a ese problema me atemoriza y hoy por primera vez después de muchos años, la frase siguiente que se me dirigió en connotación de broma me remontó al pasado: “Cómete todo lo que queda, como eres tragona…Ja, Ja, Ja. …Si o no, ¿Eres tragona o no eres tragona?”

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