Todos los días a las 6:00 pm. , puntual como siempre, se oían las llaves golpear ligeramente la perilla de la puerta para hallar el orificio; luego, se abría la puerta. Yo ya sabía que eras tú; olor a cigarro con pacchuli u otra esencia que se te hubiese dado por ponerte aquel día; no importa cual, yo todas las conocía. Llevabas tu singular agenda en mano, repleta de recibos y cuentas por pagar; además de, lo que yo siempre esperaba, un sobre repleto de hojas para dibujar y en tu cartera un para de lápices nuevos y un borrados que traías de la oficina, por lo menos, una vez por semana para mí. Tomábamos lonche juntas, si es que mi hambre no le hubiese ganado a tu hora de llegada, tostadas con mermelada y un vaso de leche, leche y café para ti con poca azúcar y para mí con toda la que tú me permitieras ponerle. Ya era hora de dormir, me dabas mi besito de buenas noches, me acuerdo bien... (continuará)
hermoso
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