De eso se trataron, básicamente, estos tres días festivos, que espero no volver a celebrar hasta que tenga hijos, los cuales me exijan realizarlo.
Todo empezó el 24 en la tarde. Mi mamá no estaba por primera vez en navidad: el puré dulce de camote no tenía marshmellows, el pavo estaba entero, no habían regalos en el árbol envueltos en papel vulqui y; por último, aún no me había bañado, pues era ella quien me apuraba a hacerlo durante las festividades. Fue entonces que me asomé a la realidad y no pude evadir mis sentimientos con nada, ya que a donde miraba solo me estrellaba con eso, mi mamá ya no estaba, mi mamá ya no estaba. Era como una vos que me lo gritaba a donde quiera que intentaba ir. Por eso, mi tristeza he impotencia de traer a mi madre de vuelta estalló en lágrimas incesantes que habían estado reprimidas y que ahora se manifestaba con firmeza. Pasé un rato en ese estado, hasta que mi hermano tocó la puerta; por eso, interrumpí mi catarsis y decidí subir a ayudarlo. Luego, una vez terminados todos los quéhaceres, no me quedó más remedio que bañarme e imaginar que mi mamá me lo exigiría, pues en breve llegarían los invitados.
Subí a la casa de mis hermanos un poco tarde, pues ya todos estaba ahí. Creo que se notaba una expresión nostálgica en mi rostro, ya que algunos me tenían un trato peculiar, lo que solo hacía que me pusiera más nerviosa. Después de haber saludado a la familia, mis hermanos, mis sobrinos y mi prima decidieron lanzar fuegos artificiales, idea que me atrajo y me convenció a bajar con ellos. Muy divertido todo, hasta que uno de esos juguetes pirotéctinicos fue encendido y calló al suelo; por ello, inició un rápido recorrido directo a mi cabeza; me agaché cual Matrix, al verlo justo delante mis ojos. Explotó en la pared donde yo estaba apollada.
Al ver este pequeño insidente, mis hermanos decidieron que lo mejor era subir de nuevo a esperar que esté lista la cena.
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