El dolor se esconde entre las ideas, se pierde, se bifurca; sin embargo, está ahí, latente, esperando un segundo vacío para atormentar la realidad que te rodea e inundar tus ojos de impotente agua. Es decir, solo es necesario un pacífico segundo para evocar horas tormentosas de sentimientos frustrados y reprimidos.
Amaneces, te bañas, te vistes, estudias, lees, escribes, trabajas, te vas y luego regresas. Finalmente, te recuestas; miras el reloj, esa foto; observas tus recuerdos; apagas el televisor, el teléfono; cierras los ojos. Entonces, el dolor se cuela entre tu cansancio y tus responsabilidades; luego, empieza a quemarte. Lo sientes desde tus pies hasta el cuello y la cabeza. Tus ojos se inundan y las lágrimas se rebalsan. Otra vez el dolor se derrama y escurre por tus pómulos hasta tu pecho. Arde, corroe, lastima.
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